Todo esta oscuro, no veo más que un inmenso vacío y a lo lejos un precipicio iluminado por el reflejo de una ventana, que no entiendo si me llama o me invita a saltar. Parece no haber salida, voces me hablan, pero en la habitación no hay nadie. No veo nada, ni tan siquiera mis manos. Estoy en una esquina, sin saber que hacer. Un momento de silencio, nada más que el eco del vacío. Un largo suspiro y al fin logro escucharme, a mi, a la que estaba perdida, a la que no conocía, a esa que tanto evitaba, que tanto ignoraba, pero la que siempre ha sabido cuál es la solución. Saltar es la salida fácil, después de ahí termina todo. Caminar y ver que hay detrás de la luz, puede ser peligroso, porque puedes enceguecerte o puede ayudarte a abrir los ojos para ver la vida. “La salida fácil nunca ha sido lo mío”, escuche. “Anda y camina, que siendo cobarde nunca sabrás que hay detrás de esa ventana”. Entonces di un paso, dos paso, tres paso, y apareció un espíritu masculino formado de humo gris, que rodeó todo mi cuerpo. Llena de pánico grite, pero nada se escucho.
- Aquí nadie te escucha, solo yo puedo hacerlo.
- ¿Quién eres?
- Soy tu amigo, El Miedo. Quiero ayudarte, pero debes quedarte.
- ¡No! Debo caminar a la luz.
- Si caminas, puedes caerte y entonces vendrán serpientes y alacranes que envenenaran tu cuerpo hasta que mueras.
- No es cierto. No puedo quedarme.
- Esa voz que escuchaste quiere que mueras. Yo solo quiero cuidarte.
Entonces apareció un espíritu femenino formada, también, de humo.
- Hola. ¿Una fiesta y no me han invitado?
- Debía evitar que nuestra amiga muriera. Ella puede ayudarte, su nombre es La Soledad. Buena consejera.
- Quiero irme, me duele mucho el pecho.
- Tranquila, pronto pasara, solo debes acostumbrarte. Un día veras lo bueno y fácil que es no sonreír, no gozar. Yo te ayudare a no sentir dolor, solo me necesitas a mi. – decía La Soledad.
- Y a mi. – decía El Miedo.
- ¡No! Duele mucho.
- Debemos llamarla, solo falta nuestra princesa. – dijo El Miedo.
Un soplido se escucho y un espíritu femenino apareció sumándose a los otros dos. Su rostro era de tanto dolor, que no pude evitar las lágrimas rodar.
- ¿Quién me ha llamado?
- Nosotros, su alteza. La mujer quería escapar hacía la luz. – dijo El Miedo.
- ¿Hacía la luz? Pero puedes morir.
- ¿Quién es usted? ¡Váyase!
- Soy La Tristeza, la princesa de la oscuridad, la que puede y gobierna ahora tus pensamientos.
- ¡No, no, no! ¡Váyase! – el dolor aumentaba dentro de mi, cuando un zumbido ensordecedor formo un espíritu masculino más alto que los demás.
- ¿Qué es lo que pasa aquí? – pregunto con voz fuerte.
- Padre, la mujer quería escapar. – entonces el hombre rió con gemidos dolorosos y mis oídos comenzaron a sangrar.
- Pero si el rey esta presente. Ahora no podrá escapar.
- No, no, no. Déjenme ir. Se los suplico.
- Pero que mujer más fuerte, se resiste a mi que soy El Mal.
- ¡Padre! Mira en su interior, esta marcada.
De pronto un destello de luz invadió mi ser moribundo por tanto dolor, tanta agonía, y era un espíritu de luz que me tomo en sus brazos.
- Esta mujer me pertenece.
- Pero si ha caminado por el reino de La Oscuridad durante mucho tiempo, vagaba en por las calles de La Perdición. Ha estado en mi reino y no puedes llevártela más. – dijo El Mal furioso.
- Solo se desvió del camino, más yo he venido a salvarla, porque yo soy La Redención y me acompañan La Misericordia, El Amor y El Gozo.
Y tres destellos más de luz se unieron a La Redención, listos para librar batalla por mi. Entonces me desmayé y no recuerdo más, solo sé que ahora siento mi cuerpo reposar. Abrí mis ojos en una habitación grande, llena de luz y a mi lado dos espíritus parecían cuidar mi sueño.
- Despertaste!!! Le avisare a los demás.
- ¿Quiénes son ustedes?
- Yo soy La Paz y ella es La Sanidad. Ambas cuidábamos de ti, porque tu cuerpo estaba herido y tu alma también.
- Iré por los demás. – dijo La Sanidad, quien desapareció de inmediato.
- ¿Por qué me salvaron? – pregunte.
- Porque dese hace mucho El Bien te escogió y puso un sello en ti para que El Mal no pudiera tocarte. No importa si te desviabas del camino por cual Él que te mando, porque puedes equivocarte.
- ¿Y cómo aprendo a no equivocarme?
- Debes escuchar a La Sabiduría.
- ¿Qué era esa luz que siempre veía?
- La Misericordia, quien nunca dejara de iluminarte porque siempre lograras alcanzarla cuando se lo pidas.
Entonces empezaron a aparecer destellos de luz en aquella habitación y de pronto un rayo hizo aparecer un espíritu grande, fuerte y hermoso, quien extendió su mano hacia mi para hacerme levantar de aquella cama.
- Yo soy El Bien, rey de La Luz.
- ¿Usted me escogió?
- Así es.
- ¿Por qué?
- Porque eres valiosa para mi, por ser portadora de luz. Eres mi hija amada, en quien me perfecciono día con día.
Entonces fui puesta en el camino otra vez y de La Sabiduría aprendí a no ver a los lados porque ahí podía perderme. Mi mirada siempre debía estar puesta en lo alto, donde brillaba una luz que me guiaba al camino derecho. A mi lado caminaban El Amor, La Excelencia, La Bondad y El Perdón, para aprender de cada uno de ellos a brillar más. Y así emprendí mi viaje, en donde a cada paso aprendería sobre mi propósito y donde encontraría a La Verdad.
Escrito por: Karen Elizabeth Guzmán
Escrito por: Karen Elizabeth Guzmán
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